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No pedí ser mujer, nací así y nunca luché contra eso, sólo lo acepté, ha de ser porque me sentí cómoda con serlo.

A los siete años de edad ni si quiera tenía claro qué significaba eso de ser mujer, desde pequeña mis papás me dejaron vestir como yo quería, jugar los juegos que me llamaban la atención, jamás me encasillaron en colores ni me impidieron hacer cosas por mi sexo.

Sexo… a los 7 años tampoco sabía ni un carajo del sexo. A los 7 años esperaba de madrugada que pasara por mí el bus del colegio, siempre acompañada de mi papá. Llegaban por mí y éramos, junto a otra niña un poco mayor que yo, las primeras en subirnos al transporte escolar. Me gustaba ir pegada a la ventana viendo la calle, me gustaba ver como amanecía. Sí, me gustaba hasta ese día. Un rojo de los semáforos que comenzaban a activarse a eso de las 6:00 am hizo que el bus se detuviera en una calle. Yo con la mirada fija a través de la ventana, identifique a un hombre que se reía conmigo. No entendía por qué, me miraba y sonreía. ¿Cuántos recuerdos se graban en tu memoria a los 7 años? Recuerdo que tenía 7 porque estaba en kínder. El tipo seguía viéndome, se movía de manera extraña, bajé la mirada y tenía en sus manos su pene, el tipo se tocaba, sonreía mientras una niña de 7 años lo veía.

Tuve miedo, dejé de ver y me escondí en el sillón del bus. Quería llorar, pero si lloraba iban a preguntarme qué pasaba y yo sentía vergüenza.

El acoso callejero no tiene exclusividad de edad, parece que nacer mujer en esta sociedad trajera implícito tener que recibir comentarios sobre nuestra apariencia, miradas morbosas y manoseadas. Ojo que normalizar estos comportamientos te hace cómplice de ellos.

No pedí ser mujer pero me gusta serlo y tengo el derecho a no tener miedo por eso.

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