Desirée

Mi abuelo sabía lo que fue tener los zapatos gastados por los kilómetros que lograba dominar, en la planta de sus pies llevaba varias maratones. Mi padre, al igual que él, supo cómo se sentía eso. Es más, me contaba sobre el muro en el que los corredores ya no tienen más cuerpo, y el alma es la que logra cruzar la meta. Pero toda esa emoción heredada, terminó el día decidí que quería hacer lo mismo.

Quería saber lo que era correr y todo lo que se disfrutaba en el camino. Según mi padre, se trata de un estilo de vida en el cual correr se vuelve parte de tu personalidad. Estaba motivada y a la mañana siguiente decidí atarme las agujetas y salir a trotar. Hay que iniciar por algún lado y mi asma no me deja ser tan optimista, sé mis límites. El otro límite que no tomé en cuenta fue la calle misma.

La municipalidad diseñó un camino entre lo que antes solo eran árboles en medio de la avenida. Las bicicletas y los transeúntes ya eran tomados en cuenta en la Zona 5. A la mitad del camino, aproximadamente diez personas ya me habían violado con el lenguaje. Salir en pantaloneta, al parecer, incitaba a sus bestias internas. Traté de ignorar los comentarios, me obligué a sólo prestarle atención al camino, pero un conductor me gritó algo relacionado a su pene y al sudor que estaba sobre mi cara y decidí parar. Llevé mis manos hacia mis rodillas y ese sudor cayó al piso en pequeñas gotitas, me dio asco. Real asco, asco del que dan ganas de vomitar. Regresé caminando a mi casa con el vomito en la punta de la garganta y jamás lo volví a hacer.

A veces, salgo a caminar dentro de mi colonia. Digo a veces, porque por temporadas hay albañiles reconstruyendo casas y prefiero abstenerme. Me quedo en casa haciendo yoga u otra actividad física que no me exponga a insultos. Tal vez me compre una caminadora y juegue a que corro sobre la avenida.

 

No podré sentir lo que mi abuelo y mi padre sentían, tendré que trotar sobre un lona que pretende ser una ruta que avanza. Las colonias en mi zona, están circuladas y tienen portones en cada salida. Mis límites están marcados y son obvios, tengo un llavero que lo comprueba. Sé que si salgo de esos portones, estaré arriesgando mi cuerpo y me estaré colgando en un gancho como carne fresca. Tengo miedo de correr. Tengo miedo de sentir el aire, los músculos, la adrenalina. Pero sobre todo, le tengo miedo a las gotitas de sudor.

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One thought on “Desirée

  • noviembre 25, 2015 at 11:46 am
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    Te entiendo tanto, comparto tu pesar. Yo me me prohibi a mi misma salir por las mismas razones. Unos camioneros, y hasta un carro que paró cerca de mi, nunca más quise salir. Dan ganas de llorar, causa impotencia.

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